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lunes, 7 de julio de 2014

ODA A UN RUISEÑOR - JOHN KEATS

"Siempre eres nueva. El último de tus besos siempre fue el más dulce, la última sonrisa, la más brillante, el último gesto, el más grácil".



"Una cosa bella es un goce eterno", decía John Keats. ¡Ah!, John Keats. Háganme esta concesión: lean esta poesía, acompañen cada verso rozando por igual el infinito y el fin del mundo: escribía al amor de su vida (aunque suene cursi), Fanny Brawne. No esperen más y lean:



I

Me duele el corazón y un pesado sopor entorpece
mis sentidos, como si hubiera bebido cicuta
o apurado un denso opiáceo hasta el fondo,
hace un minuto, y me hubiese hundido en aguas del Leteo.
No por envidia de tu feliz destino,
sino por ser feliz en exceso con tu dicha,
pues tú, Dríada de alas ligeras de los árboles,
en algún escondite melodioso
de los verdes hayedos, de innumerables sombras,
con soltura y voz plena le cantas al verano.

                                      II

¡Oh, si bebiera un sorbo de la cosecha añeja
largamente enfriada en la profunda cueva,
con el sabor de Flora y de los campos verdes,
las danzas y los cantos provenzales, los goces bajo el sol!
¡Oh, una taza repleta del Mediodía cálido,
llena de verdadera, sonrojada Hipocrene,
con burbujeantes gotas titilando en el borde
y manchada de púrpura la boca;
beberla y, sin ser visto, abandonar el mundo
y perderme contigo en la floresta oscura!

                                      III

Perderme lejos, disolverme y olvidar por completo
lo que tú entre las hojas jamás has conocido,
el hastío, la fiebre, la zozobra de aquí,
donde los hombres se sientan a escuchar lamentos,
donde el temblor agita unas pocas, últimas canas tristes,
donde la juventud se vuelve pálida, delgado espectro, y muere;
donde el solo pensar es llenarse de pesares
y desesperanzas de ojos plomizos;
donde la Belleza no puede conservar el fulgor de sus ojos,
ni el nuevo Amor suspirar por ellos más de un día.

                                      IV

¡Lejos! ¡Lejos! Pues volaré hacia ti,
no en el carro de Baco con sus leopardos,
sino en las alas invisibles de Poesía,
aunque la mente obtusa se confunda y se retarde.
¡Ya estoy contigo! Qué suave es la noche,
acaso esté la Reina Luna ya en su trono
y alrededor todas sus hadas estelares;
pero no hay luz aquí,
salvo la que del cielo viene con las brisas
por entre sombras verdes y sendas de musgo sinuosas.

                                      V

No alcanzo a ver qué flores se encuentran a mis pies
ni qué sutil incienso está suspenso de las ramas,
pero en la fragante oscuridad adivino cada aroma
con el que, acorde a la estación, este mes dota
a la hierba, al soto y al frutal silvestre,
al blanco espino y a la pastoril rosa de la zarza.
Frágiles violetas cubiertas de hojarasca,
y la hija primogénita de mediados de mayo,
rosa de almizcle en ciernes, ebria de rocío,
morada murmurante de moscas en el crepúsculo de estío.

                                      VI

Escucho entre las sombras; cuán a menudo
me he enamorado a medias de la apacible Muerte,
le he dado dulces nombres en pensativas rimas
por que llevara al aire mi aliento sosegado;
ahora más que nunca, morir fuera fortuna,
dejar de ser en mitad de la noche sin dolencia,
mientras tu arte derrama el alma lejos en torno
en esa suerte de éxtasis.
Tú seguirías cantando mientras yo en vano tendría oídos
para tan alto réquiem, vuelto ya hierba y tierra.

                                      VII

Tú no has nacido para morir, ¡oh pájaro inmortal!
Las generaciones hambrientas no te pisotean.
La voz que escucho en esta noche que pasa fue escuchada
en épocas remotas por el emperador y por el rústico;
quizá sea la misma canción que se abrió paso
hasta el triste corazón de Ruth, cuando, nostálgica de su hogar,
se detuvo a llorar en mitad de un maizal extranjero;
la misma que muchas veces ha hechizado
los mágicos postigos abiertos a la espuma
de peligrosos mares, en legendarias tierras olvidadas.

                                      VIII

¡Olvidadas! ¡Palabra semejante a una campana
que dobla para traerme de regreso, de ti a mi soledad!
¡Adiós! La fantasía no puede engañarnos
tan bien como su fama pregona, elfo decepcionante.
¡Adiós! ¡Adiós! Tu quejumbroso himno se pierde
más allá de estos prados, en la corriente silenciosa,
ladera arriba; y se sepulta hondo
en los claros del bosque de otro valle cercano.
¿Fue una visión o un sueño de vigilia?
Esa música ha huido. ¿Estoy despierto o duermo?



John Keats vivió 25 años. Su carrera como escritor duró poco más de cinco, y tres de sus grandes odas (Oda a un ruiseñorOda a una urna griega y Oda a la melancolía) fueron escritas en tan solo un mes.

En ese tiempo conoció a la mujer de su vida, con la que viviría un amor sencillo y puro. La correspondencia que él le enviaba a diario sería considerada por T. S. Eliot como la más notable del panorama literario inglés. 
La tuberculosis, enfermedad que padecería como su madre y su hermano, le separó de su amada y le llevó a morir a Roma. Allí, en su último aliento, pidió esculpir en su tumba: “Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua”. El hombre que pasó por la vida de puntillas fue, además, ignorado y vilipendiado por sus contemporáneos.
John Keats
(Londres, Inglaterra, 1795-Roma, Italia, 1821)





¡Qué maravilla! espero que lo hayan disfrutado tanto como yo.